Es lo primero que recuerdo.
Sentir el lamento del miedo representado en su aullar destemplado, dando
alerta, avisando de algo, de algo más allá de su comprensión, de algo que se
ampara en la noche para transitar de este mundo al otro y viceversa. La
sensación me vuelve con total cercanía como si los oyera en este momento, como
si al tratar de penetrar la oscuridad con mis ojos solo encuentro vacío y
profundamente oscura niebla impenetrable para el sentido humano. Para nuestros
sentidos atrofiados. Imposible para nuestro nivel de percepción. Pero no para
ellos, con su habilidad lo pueden sentir, la amenaza que yo intento explicar
ahora pero que se resume en un ladrido que es angustia, temor y rabia todo junto,
que busca ahuyentar y pedir ayuda a la vez. Que clama por atención pero que
busca señalar que algo no está en su lugar, que ese frio que recorre la espalda
del que lo oye no es casual. Que lo podemos sentir aun cuando nuestro olfato e
instinto atrofiado no nos permita verlo. Algo en nuestro cerebro se activa. Un
botón de alerta, una respuesta instintiva e inmediata de que tenemos que evitar
la oscuridad. De compasión por ese animal que está inmerso, que está siendo
atrapado por ese algo que lo abarca con su negritud. Al que no podemos ayudar
porque está lejos o porque nuestras piernas se paralizan y desobedecen nuestro
pensar. Nos deja pasmados, obligados a contemplar algo que no queremos. Con
Miedo, la más básica y aguda de las emociones en toda su magnitud. Porque ese
Miedo es el original, el primigenio, el que sentimos todos cuando en medio de
la noche de la nada un perro ladra como advertencia y socorro, como el miembro
de la manada que alerta al resto de la amenaza, pero que en este caso le alerta
al resto del mundo de que el limite se traspasó, que la obscuridad se apodero de ese momento ínfimo,
de esos segundos preciados y ya da lo mismo que estemos tras un muro o en el
confort de nuestro hogar bajo la luz de la lámpara, porque eso que está
presente, que se hace presente en ese momento nos conoce, te conoce a ti y a
mi, desde antes que naciéramos, esa obscuridad absoluta se encarga de
recordarnos que estuvo siempre, que le basta solo unos segundo para bloquearlo
todo y llevarnos consigo. La Obscuridad consiente, la maldad más cruda y
agresiva, el miedo más antiguo. El que está dentro de cada uno de nosotros. El
que todos reconocemos y nos deja sin aliento por esos breves segundos. El que
no tiene rostro ni cuerpo pero sabemos que está ahí, el que no tiene nombre ni
forma pero si presencia. La nada y el todo a la vez. El temor primigenio que
nos encuentra como cuando éramos niños aun cuando seamos adultos y peinemos
canas. Esa conciencia innombrable que nos conoce como nadie, eso que no me atrevo a ver directamente, eso que se
convierte en el escenario de nuestros más funestos temores. Eso que no me
atrevo a mirar y que solo ruego por no tener que escuchar, pero que cada noche
vuelve. Cada noche nos recuerda que está ahí, solo a un paso de la realidad.
Siempre como escenario, siempre como un contexto incomodo, siempre observando
entre los árboles, solo perceptible por los perros que nos avisan de su
presencia. Eso que no debe ser nombrado pero que ahora sé que existe y no
quiero pero debo enfrentar. Eso que me acompaña desde pequeño cuando en un
primer recuerdo, siento a lo lejos el ladrido angustioso de un perro y que al
momento ya no se siente más. Solo vacío y temor. Porque lo que le pudo haber
pasado a ese animal también me puede pasar a mí. Solo ruego que no se acerque más.
Que se vaya y pase de largo. Que me dé una noche más de paz. Hasta mañana en la
noche, cuando ya en el fragor del olvido y las derivas del sueño, vuelva a
escuchar el ladrido. Y lo sienta de nuevo.
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