domingo, 28 de enero de 2018

Ladridos en la noche

Es lo primero que recuerdo. Sentir el lamento del miedo representado en su aullar destemplado, dando alerta, avisando de algo, de algo más allá de su comprensión, de algo que se ampara en la noche para transitar de este mundo al otro y viceversa. La sensación me vuelve con total cercanía como si los oyera en este momento, como si al tratar de penetrar la oscuridad con mis ojos solo encuentro vacío y profundamente oscura niebla impenetrable para el sentido humano. Para nuestros sentidos atrofiados. Imposible para nuestro nivel de percepción. Pero no para ellos, con su habilidad lo pueden sentir, la amenaza que yo intento explicar ahora pero que se resume en un ladrido que es angustia, temor y rabia todo junto, que busca ahuyentar y pedir ayuda a la vez. Que clama por atención pero que busca señalar que algo no está en su lugar, que ese frio que recorre la espalda del que lo oye no es casual. Que lo podemos sentir aun cuando nuestro olfato e instinto atrofiado no nos permita verlo. Algo en nuestro cerebro se activa. Un botón de alerta, una respuesta instintiva e inmediata de que tenemos que evitar la oscuridad. De compasión por ese animal que está inmerso, que está siendo atrapado por ese algo que lo abarca con su negritud. Al que no podemos ayudar porque está lejos o porque nuestras piernas se paralizan y desobedecen nuestro pensar. Nos deja pasmados, obligados a contemplar algo que no queremos. Con Miedo, la más básica y aguda de las emociones en toda su magnitud. Porque ese Miedo es el original, el primigenio, el que sentimos todos cuando en medio de la noche de la nada un perro ladra como advertencia y socorro, como el miembro de la manada que alerta al resto de la amenaza, pero que en este caso le alerta al resto del mundo de que el limite se traspasó, que  la obscuridad se apodero de ese momento ínfimo, de esos segundos preciados y ya da lo mismo que estemos tras un muro o en el confort de nuestro hogar bajo la luz de la lámpara, porque eso que está presente, que se hace presente en ese momento nos conoce, te conoce a ti y a mi, desde antes que naciéramos, esa obscuridad absoluta se encarga de recordarnos que estuvo siempre, que le basta solo unos segundo para bloquearlo todo y llevarnos consigo. La Obscuridad consiente, la maldad más cruda y agresiva, el miedo más antiguo. El que está dentro de cada uno de nosotros. El que todos reconocemos y nos deja sin aliento por esos breves segundos. El que no tiene rostro ni cuerpo pero sabemos que está ahí, el que no tiene nombre ni forma pero si presencia. La nada y el todo a la vez. El temor primigenio que nos encuentra como cuando éramos niños aun cuando seamos adultos y peinemos canas. Esa conciencia innombrable que nos conoce como nadie, eso que no  me atrevo a ver directamente, eso que se convierte en el escenario de nuestros más funestos temores. Eso que no me atrevo a mirar y que solo ruego por no tener que escuchar, pero que cada noche vuelve. Cada noche nos recuerda que está ahí, solo a un paso de la realidad. Siempre como escenario, siempre como un contexto incomodo, siempre observando entre los árboles, solo perceptible por los perros que nos avisan de su presencia. Eso que no debe ser nombrado pero que ahora sé que existe y no quiero pero debo enfrentar. Eso que me acompaña desde pequeño cuando en un primer recuerdo, siento a lo lejos el ladrido angustioso de un perro y que al momento ya no se siente más. Solo vacío y temor. Porque lo que le pudo haber pasado a ese animal también me puede pasar a mí. Solo ruego que no se acerque más. Que se vaya y pase de largo. Que me dé una noche más de paz. Hasta mañana en la noche, cuando ya en el fragor del olvido y las derivas del sueño, vuelva a escuchar el ladrido. Y lo sienta de nuevo.

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