Ver los aviones despegar y los
aeropuertos me deja siempre incomodo con sabor
de despedida en la boca, de abrazos partidos e incertidumbre, queriendo
salir pronto de ese espacio artificial y solitario a pesar del continuo tráfico
de almas que se elevan y regresan de múltiples destinos.
Tantas veces recibiendo o
despidiendo a Raúl se me vienen encima mientras vuelvo a casa después de
cientos de kilómetros de viaje para despedirlo por última vez sin conseguirlo
finalmente, sin poder decirle adiós y gracias por todo.
Se truncó nuestra voluntad como
se trunca la vida y Raúl partió antes de que llegáramos a San francisco, pero
lo que fue desazón en un principio se convirtió en tremenda emoción cada día
que pasamos con su familia, que recorrimos sus lugares y asistimos a sus
homenajes.
Ver a su hermano y su hija hablar
frente a un salón lleno de gente para homenajear a Raúl fue el punto culmine,
que empezó el martes con abrazos y lágrimas entre primos y tíos, sin entender
mucho como alguien puede salir de nuestras vidas de manera tan rápida.
Murió en su ley dirán algunos,
otros que era un obstinado por ocultar su enfermedad hasta que fue inevitable,
pero lo que todos coinciden es que vivió una vida plena, que tenía mucho más
para dar y que será difícil ahora transitar por los espacios que el llenaba sin
esfuerzo gracias a su porte y talante.
Una vez me conto que alguien le
había dicho que cuando llegaba a un lugar, parecía como si hubiera llegado el
puto dueño, ya que nadie se sentía más seguro y experto en tantas cosas. Y que
a pesar de eso, cuando lo conocías te
dabas cuenta que su porte y su aspecto rudo era el ariete que usaba por si se
necesitaba conseguir algo, pero al rato de conocerlo se caía en cuenta que era
una de esas personas capaces de ayudarte en cualquier situación y sin pedir
nada a cambio, por que como él decía, mejor que te deban dinero es tener muchos
amigos que te deban favores.
Yo envidiaba un poco su facilidad
para levantar proyectos, para emprender aventuras y sobre todo para contarlas
de manera entretenida y cautivante. Sin duda para mí, era alguien a quien
admirar, que había resistido la dictadura, el exilio y la lejanía de su
familia.
Es cierto que formo otra familia
que yo no conocía del todo, tenía múltiples amigos y muchas más personas que lo
admiraban. Supo construir su futuro y legado junto a la que fue su mujer y sus
hijos, biológicos y adoptivos. Trabajo, estudio y luego siguió trabajando para
ayudar a otros porque ese era su mayor motor en la vida, sin distinguir lazos,
creencias o nacionalidad, solo cuestionándose que necesitas para estar mejor.
Ahora puedo decir que atisbe un
poco de la vida de Raúl en San Francisco y que pude compartir con algunos de sus amigos y concluir que ese no era el Raúl
que yo conocía. Para mí era el Tío que llegaba cada cierto tiempo, a ofrecer
soluciones, armar panoramas y contar infinitas anécdotas de como el mismo o sus
múltiples amigos sorteaban las peripecias de la vida lejos del país de origen.
El sentía mucho cariño por sus
sobrinos y cuantas veces no llego ofreciendo su compañía y cariño que
rivalizaba con el de nuestros padres. Convengamos en algo, era el Raúl y a él
no se le decía que no. Muchos me han dicho, después que mi padre murió, que era
el más querido por todos sus hermanos, pero sin duda el Raúl era el más
entretenido y se sabía entretenido, galán y capaz de entretener al resto
veladas enteras con sus historias chistes y ocurrencias.
Claro, uno no puede conocer quién
era Raúl en todas sus dimensiones, quien era realmente este personaje con pinta
de gringo pero que tocaba la quena como si hubiera nacido en los andes. El
versátil, el trabajador, el mecánico, el compañero, el hermano, el padre
postizo, el amigo, etc.
No creo que de eso se trate el
recordar u homenajear a alguien cuando ya se ha ido, no se puede retener su
esencia tratando de captar todos sus lados de una vez, es imposible saber quién
fue Raúl para tantas y tantas personas. Pero uno se hace una idea de lo
importante que fue para esas tantas y tantos y sin duda me cuestiono mi propia
actitud ante la vida, a veces apesadumbrada y llena de excusas para no hacer
las cosas que son realmente importantes de hacer.
No lo vi en muchas de esas
situaciones pero me lo imagino, arreglando el auto de su hijo, aconsejando a
sus amigos, bailando cueca en la peña, discutiendo en las cortes por los niños
y familias con las que trabajaba, ideando negocios con los hermanos, subiendo
la sierra en una micro en Perú, sentado conversando con mi padre en él médico,
ayudando a los refugiados, viajando a Santiago con ansiedad de ver a su familia
de origen.
Él me decía que les había tocado
difícil, que a él y a sus hermanos les había tocado vivir la violencia de un
padre alcohólico y luego la separación de la familia, por la represión de
Pinochet, el trabajo, y la violencia intrafamiliar. Decía que era una gracia
que a pesar de todo eso nadie se hubiera suicidado o desecho en el proceso y
que si la mayoría de los hijos de esos siete hermanos estaban hoy haciendo sus vidas con sus
propias familias, trabajos y vocaciones, sentía que no lo habían hecho tan mal
como padres. Tenía razón, pero lo que no sabía es que todo tiene un costo, y
que quizás son ellos los que pagaron el pato con enfermedades y dolencias
producto de aguantarse tanta pena.
Me gusta pensar que se sintió
contento al final, que como me decían mis primos estaba satisfecho con su vida
y “no regrets”, sin remordimientos por como había hecho lo que había hecho. Sin
duda una vida llena de decisiones difíciles, con daños colaterales que a lo
mejor el nunca vislumbro pero que supo dirigir con aplomo hasta el final de sus
días, y eso es admirable.
Me gusta pensar que el Raúl que
yo conocí, el padre de mis primos y el hermano de mi padre no se hubiera
amilanado con su partida, que hubiera tragado saliva y hubiera seguido con su
vida, que había que tener pena pero no quedarse en ella mucho rato si no mirar
de frente lo que viene. Me avergüenza un poco que tantas veces que conversamos
sobre mis problemas, me mostraba la solución simple y sencilla a su manera, a
veces muy difícil de mi punto de vista, pero que la solución no estaba en tener
más recursos, vivir en un país desarrollado o tener mejores leyes, si no que muchas veces la solución estaba en
uno mismo y en derrotar las barreras que uno mismo se impone.
Sin duda ese es el Raúl que se me
viene ahora con más fuerza, el que sonriendo y contando alguna anécdota te
decía que la respuesta estaba en saber usar la cabeza, aprovechar la
oportunidad y en usar un poco de esa viveza que tenemos los chilenos y que
tanto mal usamos.
Son recuerdos y sentimientos que
salen a borbotones, complicados de
expresar ahora y que se mezclan con la incómoda sensación de los aeropuertos,
sus encuentros y desencuentros. Sé que las despedidas no le gustaban así que
era mejor pensar en que en el próximo viaje nos veríamos y volveríamos a
sentarnos a arreglar el mundo frente a una copa de helado. Y sin duda que así
será.
Noviembre, 2015
Ciertamente Raúl era único y el mundo sería mil veces mejor con muchos Raúles. Qué mezquina es a veces la vida
ResponderEliminarGracias primo por recordar a mi papi con tan Bonita’s palabras.
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