sábado, 24 de febrero de 2018

chancletero


Ya falta poco para que mi hija de diez días despierte.

El clic de las teclas suena peligrosamente desde que nació, porque su despertar significa que ya no podre conciliar el sueño hasta la madrugada, hasta que el sol se vea salir por detrás de la alta nieve, en un espectáculo tan maravillante como cotidiano.
 
Pero siempre hay un nuevo aire para quien lo necesita, y si amanece sin dormir, bien se puede esperar a la noche, hay una nueva oportunidad para soñar. Qué más da si el que sueña se pierde de disfrutar lo mundano, el cambiar pañales o sacar flatitos… lo que hace que la paternidad sea a la vez un martirio y una bendición.

A los diez días no se mensura que la falta de sueño es solo el menor de los sinsabores y que esos sinsabores pasan a ser lo que mueve tu  mundo. La angustia de dejarla sola por primera vez en la sala cuna, la preocupación incesante cuando está enferma, la inquietud sempiterna cuando llora sin consuelo y no sabes que hacer para que se calme. Pero sobre todo la permanente sensación de que la entiendes, de que tu pasaste por lo mismo y que en lo posible a pesar de que no entiendes como piensa una bebe de 10 días o nueve meses, solo te preocupa que este bien y que tenga un ambiente amoroso en el cual crecer.

Piensas en las niñas del mundo y solo quieres que la tuya tenga un mejor futuro: que no tenga que lidiar por un salario igualitario, que no tenga que lidiar con una sociedad machista que la juzgue por trabajar, que no tenga que cuestionarse si tener hijos o no y solo le vengan las ganas de repente con el instinto maternal, que pueda partir de las mismas condiciones que el resto de sus compañeros hombres y que no la encasillen en el rol de princesa por más valiente que sea….

Pienso en cuantas niñas del otro lado del mundo no tendrán la misma suerte y si logran ir al colegio ya tendrán 50% más de posibilidades de sobrevivir a la edad adulta. Pienso en las niñas de mi país que aun deben luchar contra la discriminación y la misoginia de sus padres y profesores. Pienso en la chica lesbiana que no logar calzar en su grupo y se siente fuera de lugar. Pienso en la niña migrante hermosa como princesa inca que debe aguantar una y otra vez la discriminación por su piel y rasgos. Pienso en la niña que por solo ser niña debe aguantar el abuso de su padre y de sus mayores, pienso en el silencio de esas niñas y lloro por tanta injusticia…

Soy hombre y nunca entendí porque no podía perseguir las mismas reivindicaciones de las mujeres cuando sentía y compartía su lucha como propia. Por que excluirme de eso si es la lucha más antigua y justa de la humanidad. Si el género determina, al menos que en esto haga una salvedad. Pero es raro dicen que el hombre abogue por los derechos de la mujer. No será Gay? Dicen los inseguros de si mismos. No será raro? dicen los que no entienden nada, no será falso dicen los que tienen que resolver sus propios traumas.

La sensibilidad me viene de mi padre artista y la convicción de mi madre bibliotecaria, amante de los libros, funcionaria publica que trabajo toda su vida por la educación de este país y que crio a sus hijos a pesar de las miradas pre-juzgadoras que no entendían como podía dejar a su hijos al cuidado de una nana.

Esa sensibilidad y convicción criadas y maceradas por años me permite hoy empatizar con cada mujer que lucha, con cada niña que sueña, con cada mujer que se preocupa por dejar a sus hijos solos por tener que trabajar y que de pronto ve todo cuesta arriba, con cada madre que como mi pareja, debe luchar con todo en contra para validarse en su trabajo por el puro hecho de haber elegido ser madre y priorizar la crianza de su hija pequeña. Porque tiene la certeza de que su hija la tendrá igual de difícil de aquí en adelante y más vale prepararla y darle todo el cariño para que nunca le falte corazón para salir adelante, Porque pucha que lo necesitará en el mundo de los hombres, machista y misógino que tendrá que conquistar, no por gusto si no que por el solo hecho de ser mujer, es lo que le tocó.

No soy el padre ni el marido perfecto, no me puedo arrogar la estatura moral para criticar a otros hombres por su comportamiento con las mujeres, aunque me gustaría decirle a un par de esos lo idiota que se ven cuando las denostan, generalizan o las limitan a objetos… pero no es el frente al que quiero llegar, porque existe un contexto más peligroso, en el cual las mujeres de hoy y las de mañana incluyendo a mis pequeñas hijas  se deben enfrentar.  Ese discurso moral que te dice que no debieras trabajar si eres madre porque descuidas tu labor sagrada y más importante, ese contexto que te obliga a pensar en todo y en todos porque los hombre trabajan y cuando llegan a casa deben descansar, como si lo que se hace en la casa no fuera trabajo también, ese contexto invariable y lapidario para las mujeres que son padre y madre a la vez que deben sacara a sus hijos adelante, formarlos con dureza para que no los pasen a llevar porque resulta que “como  no hay padre que los defienda están más vulnerables”. Ese contexto que te deja perplejo cuando ves que son las propias mujeres las que más discriminan y replican las lógicas machistas.

Solo quiero que mis hijas crezcan libres. Con todo lo que eso implica. Que no tengan que ser princesas si no quieren, que no escojan al hombre que las acompañara solo porque les dará estabilidad, que no escojan al hombre si lo que quieren es a una mujer, que no deban revisar si les pagan los mismo que sus compañeros, que no se sientan en falta por tener hijos y desaparecerse de sus trabajos por seis meses, que no tengan que probar a nadie que pueden compatibilizar ambos roles porque son incompatibles y como sociedad nuestra primera preocupación debe ser que nuestros hijos estén bien antes de cualquier otro interés. Ellos o ellas estarán bien porque tienen padres y madres que se preocupan de que estén bien y eso no significa estar todo siempre encima para que no les pase nada, significa que cada vez que se caigan o sufran,  sepan cómo contenerlos y darles consuelo, guiarlos en cómo sacar lecciones de los errores y como saber levantarse y sobrellevar el dolor como una de las tantas cosas que la vida te regala. Porque los niños y las niñas nacen para VIVIR, no para protegerlos de la vida misma. No somos guardianes de lo inefable, no somos eternos para estar siempre con ellos, los hijos e hijas son prestados, como decía mi padre, y el tiempo que nos toca acompañarlos es el más satisfactorio y a la vez el más intensamente angustiante que nos toca vivir, es la prueba máxima de vida, porque no se trata de la nuestra si no que de tratar de que ese otro/ otra pueda vivirla lo mejor posible. Es el eterno carpe diem, pero no egoísta si no que desinteresado y cruzado por el amor infinito hacia ese alguien que ayudaste a procrear.

Por eso, deseo que mañana cuando mis hijas se levanten vean un mundo de posibilidades, en el que no es imposible ser jugadora de futbol, arquitecto, médico, enfermera, político o escritora. Un mundo en que si eres carabinera no tienes que aguantar el acoso de tus superiores, un mundo en el que te dejen tranquila y ser lo que quieres es igual para mujeres y hombres. Un mundo  en el que el nacer mujer no es una desventaja.

Un mundo con más igualdad y equidad sin tener que pelear a diario por eso. Un mundo en el que nacer niña en otro continente no signifique tener menos probabilidades de sobrevivir, un mundo  con igualdad de sueldos y oportunidades.

Un mundo donde ambas niñas se paren el día de mañana y se enfrenten con más seguridad a su entorno,  porque no tendrán que partir de más abajo que sus compañeros hombre.  Un mundo en el que mis hijas me miren a los ojos y si me preguntan qué hiciste?, pueda decirles que aporte en algo dando todo para que fueran felices y para que mi mujer no se sintiera en falta por realizarse en lo profesional como todo hombre si puede sin necesidad de cuestionarse.

Soy padre orgulloso de dos niñas, no porque sean inteligentes o locuaces como sus compañeritos hombres, soy un padre orgullosos porque independiente de su intelecto y de cualquier forma social de crianza, son NIÑAS, que juegan, que lloran, que expresan, que sienten, que rabean y mañosean, que al menos en mi ideal son capaces de desarrollarse en todos sus ámbitos y no tienen que jugar a las tacitas si no quieren y cuando quieran jugar a la pelota ahí estaremos para No atajar esos goles.

Po que los padres nos dejamos ganar no solo por que queramos dar en el gusto, también lo hacemos para que esa niña sepa que puede lograr lo que se emprenda, puede llegar a ser lo que quiera si se lo propone y nadie puede venir y decirle que antes debe ser….. NO! Vayase a la mierda con su machismo y patriarcado, acá en mi familia se nace y se vive como iguales y todos nos respetamos y valoramos por lo que somos, con nuestras virtudes y defectos y seremos lo que nos propongamos ser: médicos, barrenderos, estilistas, dibujantes, motochorros, actrices, políticos, defensores, estadísticos, críticos, mimos, diseñadores, viajantes, músicos, traductores, escritores o eternos estudiantes…. Pero lo que seamos no tendrá que ver con si somos hombres o mujeres, solo tendrá que ver con nuestra voluntad y la capacidad para llevar a cabo lo que soñamos, y el resto se puede joder en sus prejuicios y hablar demás.

Después de todo me acuesto pensando en que mis hijas si pueden levantarse pensando en que harán de entretenido en el día y que yo no me debo cuestionar en si sobrevivirán otro día mas. Me duermo pensando en que tantos padres en el mundo deben dormirse pensando en si sus hijas podrán llegar a la adultez y mis preocupaciones carecen de sentido frente a la cruda realidad.

Por eso hay que pensar en lo siguiente: salva a una niña y salvas el mundo… porque ya no tienes nada que probar a los demás. Porque si en el otro lado del mundo la supervivencia  no es una garantía, al menos en este lado la lucha va por que logremos de una vez por toda igualar los derechos entre hombres y mujeres y no tengamos que ver más mujeres muertas en los noticiarios.

Aspiro a un mundo en el que cada niña pueda al menos tener la seguridad de que alguien está ahí por ellas, esperando a que despierte y volver hacerla dormir porque tiene diez días y le espera toda una vida… que sepa que alguien se sacrifica por ellas y que ese sacrificio no es deuda si no que oportunidad, porque ella vale tanto como cualquier otro y que en lo más profundo de mi corazón, le deseo lo mejor y la envidio por ser mujer y tener toda la vida por delante para probarlo.

 

 

 

domingo, 28 de enero de 2018

Ladridos en la noche

Es lo primero que recuerdo. Sentir el lamento del miedo representado en su aullar destemplado, dando alerta, avisando de algo, de algo más allá de su comprensión, de algo que se ampara en la noche para transitar de este mundo al otro y viceversa. La sensación me vuelve con total cercanía como si los oyera en este momento, como si al tratar de penetrar la oscuridad con mis ojos solo encuentro vacío y profundamente oscura niebla impenetrable para el sentido humano. Para nuestros sentidos atrofiados. Imposible para nuestro nivel de percepción. Pero no para ellos, con su habilidad lo pueden sentir, la amenaza que yo intento explicar ahora pero que se resume en un ladrido que es angustia, temor y rabia todo junto, que busca ahuyentar y pedir ayuda a la vez. Que clama por atención pero que busca señalar que algo no está en su lugar, que ese frio que recorre la espalda del que lo oye no es casual. Que lo podemos sentir aun cuando nuestro olfato e instinto atrofiado no nos permita verlo. Algo en nuestro cerebro se activa. Un botón de alerta, una respuesta instintiva e inmediata de que tenemos que evitar la oscuridad. De compasión por ese animal que está inmerso, que está siendo atrapado por ese algo que lo abarca con su negritud. Al que no podemos ayudar porque está lejos o porque nuestras piernas se paralizan y desobedecen nuestro pensar. Nos deja pasmados, obligados a contemplar algo que no queremos. Con Miedo, la más básica y aguda de las emociones en toda su magnitud. Porque ese Miedo es el original, el primigenio, el que sentimos todos cuando en medio de la noche de la nada un perro ladra como advertencia y socorro, como el miembro de la manada que alerta al resto de la amenaza, pero que en este caso le alerta al resto del mundo de que el limite se traspasó, que  la obscuridad se apodero de ese momento ínfimo, de esos segundos preciados y ya da lo mismo que estemos tras un muro o en el confort de nuestro hogar bajo la luz de la lámpara, porque eso que está presente, que se hace presente en ese momento nos conoce, te conoce a ti y a mi, desde antes que naciéramos, esa obscuridad absoluta se encarga de recordarnos que estuvo siempre, que le basta solo unos segundo para bloquearlo todo y llevarnos consigo. La Obscuridad consiente, la maldad más cruda y agresiva, el miedo más antiguo. El que está dentro de cada uno de nosotros. El que todos reconocemos y nos deja sin aliento por esos breves segundos. El que no tiene rostro ni cuerpo pero sabemos que está ahí, el que no tiene nombre ni forma pero si presencia. La nada y el todo a la vez. El temor primigenio que nos encuentra como cuando éramos niños aun cuando seamos adultos y peinemos canas. Esa conciencia innombrable que nos conoce como nadie, eso que no  me atrevo a ver directamente, eso que se convierte en el escenario de nuestros más funestos temores. Eso que no me atrevo a mirar y que solo ruego por no tener que escuchar, pero que cada noche vuelve. Cada noche nos recuerda que está ahí, solo a un paso de la realidad. Siempre como escenario, siempre como un contexto incomodo, siempre observando entre los árboles, solo perceptible por los perros que nos avisan de su presencia. Eso que no debe ser nombrado pero que ahora sé que existe y no quiero pero debo enfrentar. Eso que me acompaña desde pequeño cuando en un primer recuerdo, siento a lo lejos el ladrido angustioso de un perro y que al momento ya no se siente más. Solo vacío y temor. Porque lo que le pudo haber pasado a ese animal también me puede pasar a mí. Solo ruego que no se acerque más. Que se vaya y pase de largo. Que me dé una noche más de paz. Hasta mañana en la noche, cuando ya en el fragor del olvido y las derivas del sueño, vuelva a escuchar el ladrido. Y lo sienta de nuevo.