viernes, 8 de febrero de 2019


A cuatro años del fallecimiento de mi Padre, Eduardo Muñoz Gonzalez quisiera dejarles lo que el día de su funeral pude leer en representación de mi familia y ante todos los que fuimos a despedirlo:

Queridos familiares y amigos, hoy quiero representar a mi madre y hermanas, a mi esposa y si me lo permiten, a todos ustedes para despedir a nuestro amado padre, al querido tio Lalo, al adorado hermano, al profesor, al académico, al investigador y al maestro, al jefe, al compadre, al aventurero del desierto, al restaurador, al artista, al conservador de monumentos, al amigo, al  Negrito, al Eduardo, a mi papá…
No se encuentran fácilmente las palabras para expresar todo lo que mi padre significo para tanta gente, para todos los que en estos días han venido y llamado para expresar pena por su partida  y emoción de haberlo conocido. No me considero capaz de resumir lo importante que fue para tanta gente que lo admiró y lo siguió en sus épicos viajes por pampas y salares. No me alcanza la voz para expresar el orgullo que siento hoy y que siempre he sentido por su legado y su trabajo de tantos años.
Consiguió cosas que para muchos siquiera se sueñan, viajó y fue reconocido por su trabajo en distintos lugares del mundo, fue valorado por sus alumnos y en los distintos lugares en donde puso su talento fue admirado y reconocido. Restauró iglesias y pukaras, se enamoró del norte y lo hizo su tierra, defendió el patrimonio de las salitreras y puso en marcha trenes que estaban olvidados en el desierto, manejo incansablemente por tantos caminos y por tantos lugares para llegar a donde estaban sus más queridos.
A veces cuando los escucho a ustedes contarme alguna anécdota de viaje o historia familiar se me aparece como uno de esos personajes heroicos del desierto, icónicos y míticos que dieron y dan su vida por defender lo que ellos creen, la cultura y el saber de un pueblo olvidado con los años y que se esfuerzan porque ese conocimiento no se pierda porque a pesar de venir del sur, han aprendido a querer este norte grande y han sabido no solo reconocer su belleza sino que también defender su patrimonio.
Creo que todo esto ustedes lo saben o lo imaginan y lo hayan conocido más o menos, se han hecho una idea de que para nuestro padre la vida era un constante viaje, lleno de partidas y regresos lleno de anécdotas y desventuras, de sol y tierra, de mar y montañas. Puede que para muchos nuestro padre fuera el profesor entretenido  que cautivaba en sus clases porque no solo hablaba de lo que sabía sino que también de lo que había vivido, porque cuando te hablaba de un lugar, probablemente él había estado ahí.
Pero eso es justamente lo que ustedes sabían de él. Para mí era mi padre, al que esperaba con ansias cuando llegaba de cada viaje. El que nos  traía regalos por muy modestos que fueran, cada vez que volvía de terreno, el que cuando tuve edad me llevo a recorrer las iglesias del altiplano y me enseño la belleza de esta tierra y sus distintos pueblos.  El que de tanto viajar a Iquique, enamoro a mi madre y se la trajo a Antofagasta, el que me llevaba a jugar a la pelota a pesar de que odiaba el futbol, el que amaba incondicionalmente a sus hermanos y quería a sus sobrinos como sus propios hijos. El que cuando le pedí me comprara el castillo de He man, al no poder costearlo, decidió hacerlo con yeso y sus propias manos.   El que un día teniendo yo apenas ocho años me despertó de madrugada para contarme que había ganado el NO y ya no teníamos que tener más miedo. El que le enseño a andar en bicicleta a mis hermanas una y otra vez, el que construyo su casa con su esfuerzo y el de mi madre, el que convertía la madera en muebles o casas de muñeca y la greda en obras de arte, el que me enseñó a dibujar, a escuchar música y a manejar, el que amo las playas de esta ciudad y cocinaba cada domingo un plato exquisito y diferente, el que me perdono la primera vez que llegue con trago y que una y otra vez me dio otra oportunidad cuando me equivocaba, el que nunca me reprocho nada y respeto todas mis decisiones. El que rara vez me decía te quiero pero que después entendí, lo hacía de otras maneras.
Se que para mi madre, para mis hermanas y para mi familia hoy es un día difícil porque lo despedimos en un viaje distinto y  que será difícil sentir el motor de su camioneta y no pensar que vamos a verlo entrar por la puerta de la casa, con su traje de terreno, sus mochilas y cajas de vida llenas de tesoros.
Por eso hoy quisiera pedirles que lo recordemos como el hombre, padre, tío, profe, suegro, hermano, esposo, como quieran recordarlo, pero pensando en que este último viaje, quizás el más duro que le toco enfrentar, lo hizo con el mismo ánimo y fortaleza, con el mismo entusiasmo por vivir, aún cuando decaía y la enfermedad casi se lo llevaba, supo recuperarse muchas veces y encontrarle el gustito a las pequeñas cosas. Supo aguantar con una entereza admirable todos y cada uno de los dolorosos tratamientos y valoró cada momento que le quedo con los suyos, con sus hijos, su esposa, sus hermanos sus sobrinos, su nuera y su nieta que lo adoraba.
Le agradezco por último, a nombre mí familia, de mi madre y hermanas, a quienes estuvieron acompañándolo este último tiempo, a sus hermanos queridos, mis tíos que hicieron lo imposible por que el estuviera bien estos años en Santiago, tan difíciles, a sus amigos que lo querían tanto y lo apreciaban no solo por su trabajo si no que por su calidad humana. A todos ustedes un eterno gracias por regalarnos un poquito más de nuestro padre cada vez que nos han contado alguna anécdota o experiencia compartida con él.
Un adiós papito, que te vaya bien en este viaje, que encuentres tranquilidad y paz en donde quiera que estés. Estarás con nosotros en espíritu por siempre, porque antes de irte nos regalaste a cada uno de nosotros algo de ti, de tu talento y genialidad como artista, de tu pasión por tu trabajo y de tu respeto por la libertad y  de tu amor incondicional por tu familia.
Adiós Eduardo, adiós Lalo, adiós papá.